lunes, 22 de marzo de 2021

¿Resolvemos?

Dibujo: Paloma Sorribes


La nena quiere ser puta

para encontrar el oro cuanto antes.

Los chicos saben de rap y abusos.


Anoche las pesadillas

dejaron dormir tranquilo al mundo.

Ni oro ni gloria

responden a quien los espera.

Los escogidos ya no tienen gracia

aunque se pretende que sean graciosos.


Me duele la infancia.

No la mía.

Yo viajé en descapotable.


¡Malditos cabrones apaleados!

¡Se trataba de que los hijos de vuestros verdugos

no sufrieran las consecuencias de sus padres!

Sus golpes no merecen venganza.

No hay revolución que no arrastre otra.

La vida muerde porque sí.

No habría vida sin dientes.


Todo se comprende si no sabes quién eres.

Nada vale la pena si estás convencido de reconocerte.

En cada cubo de basura hay un dilema

y de cada dos uno es la mitad.


¿Resolvemos?


sábado, 20 de marzo de 2021

antes éramos niños





 

Antes éramos niños.

Ahora los niños no se nos parecen. 

Nos trataron tan bien los "viejos"

que nos erigimos como el centro de todo.

Así acusamos a los recién llegados

de haber cogido el tren antes de tiempo

y a los abuelos de contradecirse.


No hay puta que no domine un condón

ni gilipollas que no hable de más.


Luego estamos los de al lado.

Nos guste o no somos los vecinos

aunque prefiramos la propaganda 

en el buzón del otro.

Te rías como te rías

caerás de pie si la suerte te acompaña

y recibirás un puñetazo

del que se siente en desventaja.


Ningún delfín entiende de arpones

ni el hambre sabe de literaturas.


A veces deliro

y otras la cerveza me refresca.

Sea lo que sea que maneja todo esto

cuando escribo llego a una conclusión:


Sea la hora que sea.

Sea tarde o sea temprano...

 una multinacional

me exigirá recordar su contraseña

si quiero seguir trabajando.


¡Hay que joderse con la pescadilla!






martes, 16 de marzo de 2021

el pájaro gris

 


Dibujo: Paloma Sorribes.

Hay un pájaro gris en mi cerebro.

No vuela hasta que pone huevos.

Se empeña en que soy su jaula

cuando solo tiene que agitar las alas

y perderse a tomar viento fresco. 

«Sin huevos no hay tortilla»

—me pía mientras caga mi cerebelo.


No tengo claro que pretende.

Ya son muchas las medias docenas

que caen conmigo por las escaleras

y demasiadas las razones 

que tengo para comprarme un gato.


Aún así no sacudo mi cabeza

para no destruir su nido.

Confío en que las crías no sean como él.

Espero que de entre todas ellas

nazca una de colores.


Cualquier historia parece mejor 

si no se proyecta en blanco y negro. 



martes, 2 de marzo de 2021

a deshora...

 

mi búho Samuel... más viejo que yo y sin carcoma



Quise comprar un billete a la infancia

y recibí un mail del jefe de los autobuses disculpándose

por haberme hecho creer que todas las carreteras

eran de ida y vuelta. 

 

Puse una reclamación al muñeco de nieve

que alguien moldeó junto a la estación

y en apenas unos segundos llegó el verano.


Yo seguía creyendo en mis derechos.

A fin de cuentas me inculcó unos valores

la misma gente que inventó la rueda.


«¿Y qué es una rueda sin motor?» —

me preguntó el vendedor de la juguetería.


Me sentí burlado por la tierra que pisaba

y eché a la espalda mi opinión sobre todo. 

Buscaría un lugar donde quedarme

y mientras lo hice

canté las melodías que mis padres

entonaron para dormir al otro bebé. 


Gracias a Dios que un búho sabio

se posó a mi lado en la rama.

«Me llamo Samuel —me dijo —,

y tengo el mismo nombre que llevas pensando

para un búho desde que eras niño».


Era de idiotas no entenderlo.


Regresé a la estación, compré un billete y esperé al próximo autobús.


«¿A dónde?» —me preguntó el revisor.

«A donde siempre —respondí engreído —, ¿es que existe otra opción?»


—«No, claro… —respondió el tipo humilde —, 

aunque espero que no le importe llegar a deshora… —añadió —,

 este autobús nunca hace la misma ruta».





miércoles, 24 de febrero de 2021

Una de gracias a una de la infancia





(En la foto todos los aludidos en la playa de Nunca Jamás)



Fui a recoger al hijo de mi pareja al colegio.

Aprendía a jugar al baloncesto después de las clases.

Todos los padres del resto de niños eran altos.

Mi pareja es alta.

Yo soy como soy y a veces ni me acuerdo.


De niño odiaba el baloncesto y la playa.

Nunca supe encestar y tenía miedo al agua.

Ni daba la talla ni sabía nadar.

Me limitaba a mirar el mar desde la orilla

y a contar las olas mientras mi hermano 

se confundía entre los bañistas. 


Os desvelaré el secreto:

Hay tantas como tantas seas capaz de contar.  


En realidad nunca me interesó el deporte

hasta que Patricia, una niña de 10 años,

quiso jugar al fútbol conmigo aquel agosto

en Peñíscola (buscar ubicación en Google Maps

y abstenerse de corromperla si aún no la conocéis).


Aprendí a regatear y soporté perder.

Fue el verano más corto de mi vida.

Su madre estaba muy enferma

y su "tete" pequeño, Marcos, 

se interponía entre lo que no sabía que significaba

y mis ganas de encerrarlo en un armario

para que nos dejara en paz. 


Su padre tuvo que devolverlos a Madrid.


Aún hoy la echo de menos

de la manera que se anhela la infancia

cuando has tenido la suerte de tenerla. 


Patricia me enseñó todo lo que necesitaba aprender

 del fútbol, de la playa y me cobijó en una niñez perenne.


No he vuelto a verla y eso me jode.

Me hubiera gustado darle las gracias.


Nadie merece enterrar a una madre

sin saber que va sembrando vida. 





domingo, 21 de febrero de 2021

les llamaban los elefantes

Dibujo: Paloma Sorribes




Ella era ciega y su marido cojo. 

Comían, bebían y dormían en su propia casa.

En el barrio les llamaban los elefantes

y en el trabajo por su nombre de pila.

Repartían suerte en la medida 

que la suerte se acordaba de ellos. 


Nevara, lloviera o abrasara el sol

ocupaban su casilla.

Cuidaban de estar en cada tirada de dados.


La ciega se encargaba de escoger al ganador

y el cojo de buscarlo para entregarle su premio.


Lo de elefantes era  

por aquello de que la fortuna los escogía

en contra de la estadística. 


Un día cansado, el cojo, de tanta caminata

decidieron usar su talento contra ellos mismos.

Apostaron su fortuna al número que la ciega vio.


Ganaron.


Llegaron tempestades y tinieblas.

Del suelo brotaron hongos venenosos

y del veneno licores que traían felicidad. 


Nadie entendió su desdicha.

Si ella había visto y él ya no tenía que desplazarse…


…¿cual era el problema?



miércoles, 17 de febrero de 2021

Solo por esa vez me alegró ser lo que era.




Resumiendo:

 que ella era “la Cloto” y yo “la Átropos”.


De sus cuidados surgían mis cánceres

y de las charlas a media noche

varias razones para no

saber a qué hora llegaba el autobús. 


Nadie la entendía salvo los renacuajos de las charcas

 que no servían para ser ranas.


Ese era su poder:

Ganar sin enterarse.


Me acogió cuando me abandonaron

en una cesta en el Nilo

y nunca preguntó por mis apellidos.

Le bastaba con saber que hiciera lo que hiciera 

o acertaba o f@llaba.


¿Cabía algo más en la vida de alguien?—

preguntaba humilde casi siempre a la hora de morir.


Yo me lo hice con ella más de cien veces en un año.

Ni por amor ni por cólera. 

Mis ojos la deseaban

 y mi polla se subía a la cofa de la galera

para advertirme de que había más océano

después de pisar el primer charco.


Aún con los avisos de Láquesis

nunca la vi venir. 


Era más sabia que yo.

Ni tempestades ni sequías.

Sin decir, sin hacer, sin estar…

… me dejó claro que,

en caso de romperse algún hueso,

 yo tendría que pasear a su perro.


Solo por esa vez me alegró ser lo que era.


El perro sí que estaba “al dente

y a mí me exigían cada vez más rendimiento

si quería cobrar las comisiones. 








jueves, 11 de febrero de 2021

Las curvas y la velocidad


A veces, conduciendo,

la calefacción de mi viejo volkswagen

no es suficiente para quitarme el frío.


***


La carretera siempre me captura

y me recuerda que conducir sin respetar las normas

equivale a una multa.


Hubo un guardia Civil que me aconsejó

no correr tanto:

«Las curvas, aún respetando la velocidad,

pueden marear a los pasajeros.

No se inventaron los límites 

para que tú estés bien

 sino para sujetarte en caso de accidente»

 —me dijo condescendiente.


Recordé mis clases de literatura en el instituto:

El mar significaba la muerte

 —me habían hecho creer.

Luego repetí varios cursos

por no saber responder 

cual era el elemento periódico de la vida.


Los escalofríos son muertos

que pasan a nuestro lado 

—dijeron en la película.

 Encendieron las luces del cine

y una pareja había concebido una vida

debajo del chorro del aire acondicionado. 


No todo han sido milagros y regocijo.


La basura esparcida por las butacas

 me hizo pensar en “mi periquito”.

Un pájaro azul que me regaló el vecino de arriba

cuando yo todavía me creía capaz de cuidar de alguien

y mis padres me cortaban los filetes para que no me atragantara.


***


A veces, conduciendo, 

Aflojo el pie del acelerador 

y pongo la radio del viejo volkswagen.


Nunca deja de sonar el  “Mamma Maria” de Ricchi E Poveri.


¿Cómo no voy a bajar la ventanilla? 


martes, 9 de febrero de 2021

¿el huevo o la gallina?





La gallina me lo explicó.

Antes que el huevo estuvo la pregunta 

y antes de una pregunta

solo podía existir un necio hambriento. 


Zorros y lobos abdicaron 

mientras el humano inventaba la tortilla

y la tierra se revolvía 

tratando de averiguar la dirección correcta. 


Mi primer beso necesitó de otro

y unos pocos después 

todos se amotinaron exigiéndome follar por doquier. 


Por eso el sacerdote me acusó de pervertido,

el arte de humano

y Darwin de sensato.


Aprendí que al final de mi vida me espera el suelo.

Lo hice cuando sangré por las rodillas

saltando para chutar aquel balón.


Recibí los sacramentos y lo agradezco.

Uno no puede estar seguro 

de si los que estuvieron antes que yo

entendían que la cosa no tiene que ver con los goles. 


Cosa de antiguos, cosas de padres y abuelos… 

Lo pasado, pasado… lo presente jode o no jode.

Depende de la nómina y los escrúpulos 

(¿o es al reves? no me acuerdo…).


Regresé a la gallina.

Abrí el horno y le pregunté por el futuro:


«Dura más de lo que soportamos» —me contestó.


Probé el caldo del asado y me relamí con su sabor.

Para mí que la gallina había resuelto

el origen del universo.


Esas palabras nunca las hubiera cacareado un huevo.


la sirena Casandra

 






Dejó de contemplar el mar.


Una sirena le invitó a su cueva

y cuando tuvo que ir al baño a lavarse los dientes

descubrió moho por todas partes.


«Nosotras lo llamamos coral» —se disculpó ella

a fin de retenerlo.


Coral, moho, óxido, hierbajos…

daba igual como lo llamaran,

la verdadera razón para irse era la humedad.


«Es terrible para los huesos» —se quejó el tipo —,

—«provoca reúma».


La sirena le suplicó que se quedara.

La necesitaba como ella a él.

Eran tal para cual. 

No sirvió de nada. 

Ante el rechazo de su amante a los argumentos

 la sirena recurrió a su canto pero era tarde.


Él se había puesto auriculares de marca

y escuchaba al mejor grupo

hecho de arena cálida y pasos firmes.

Uno de esos que salían de las impresoras

y se vendían a los cerebros tiernos

a punta de padres ocupados y buena tecnología.


Pasados más de cien años él seguía vivo,

la sirena adornaba un acuario de un club de moda

y los océanos se resumían a tos y migrañas. 


¡Y mira que le advirtieron que de usar auriculares

se quedaría sordo!


domingo, 7 de febrero de 2021

mi viaje en el autobús







Graznaba. 

Otros decían que cantaba.

La cosa era que estaba buena

y la mayoría de los hombres

que la escuchaban lo hacían en el baño.


Pasó al revés. 


Él rebuznaba

y algunas decían que no había mejor voz.

Era feo pero miraba a los ojos.

Las mujeres llamaban a la radio

y la publicidad las complacía.


«¿Cómo?» —me indigné. 


Fui a mi psicólogo y le pregunté sobro todo.


«No es cuestión de géneros» —me aclaró —

«Se trata de oídos y sensibilidades»


«¿Es que las orejas no escuchan al corazón?»


«Solo si tu corazón está donde tiene que estar» —me respondió.


«¿Y donde está el mío?» —le pregunté.


«Entre tu demencia y lo que consideras cuerdo»

—me dibujó en una pizarra, sin hablar, y tras coger mi dinero.


Desde ese día la música me sonó a colesterol

y aderecé mis ensaladas con Heavy Metal.


Unos meses más tarde hice cola para subir a un autobús.

El revisor me advirtió de que el viaje era duro.


«¿Por el clima? ¿Por los baches? ¿Demasiadas curvas?»

 —me interesé.


«Nada de eso. Los viajes son duros porque te llevan

 de lo que conocías a otra parte» —contestó petulante.


«Entonces es duro el destino, no el viaje» —maticé más petulante que él.


«Hijo, presta atención al hilo musical cuando se cierren las puertas»

—me espetó riéndose mientras se quitaba el sonotone.







jueves, 4 de febrero de 2021

Gabriel y su dolor


La vida duele según las palabras 
que se escojan para escucharla.
 Así se lo contaron a Gabriel,
 el ciego que aprendió a comulgar
 formando la fila.

 Vendía rosas junto a la puerta de un banco
 porque defendía que el dinero
 y el buen perfume deben cruzarse 
en algún lugar de sus caminos.
 «Era la única forma de que la gente se cubriera
 de mierda sin sentirse mal —defendía». 

 Gabriel respiraba humo
 para sanear su espíritu
 y comía de todo convencido de que algo
 lo acabaría matando antes de tiempo.

 Tuvo varias novias y las traicionó a todas
 mientras merendaba viendo la televisión.
 Ninguna le reprochó nada
 excepto la última. 

 —«Gabriel —le dijo ella — no es justo
 que teniendo el “rabo” que tienes
 te distraigas con algo que no puedes ver».

 Desde ese día se quedó sordo, mudo
 y se tumbó en el sofá con la tele apagada.
 Su perro avisó al 112.
 Encontraron a Gabriel tatuado de llagas
 y sepultado bajo sus creencias. 
El forense adujo su muerte a unas gafas en el estómago. 

 Por lo visto no era ciego sino miope. 


«Ojalá hubiera podido ver de lejos —deseó el cura en su funeral—, 
le aguardaba una televisión de la hostia gracias a internet».



martes, 26 de enero de 2021

Ella lo sabía

 

Dibujo Paloma Sorribes
Dibujo Paloma Sorribes

Que había trazado un mapa en la niebla

confiando en el verano

—me dijo desvistiéndose.

Era musgo y leía a Asimov.

No le importaba la dirección del viento

porque el sentido de la vida

se lo enseñó un árbol.


Conocía la tabla periódica

y se divertía con los desnudos de los actínidos

en las pelis proyectadas en la universidad. 


Trataron de quemarla pero no ardía.

Quisieron atarla pero se escurría.

Rezaron para exterminarla

y floreció entre las tumbas

de los que se asfixiaron con el humo de sus hogueras,

la tensión de sus sogas

y las reglas de sus dioses de fondo de armario. 


A partir de ahí nadie supo respirar.

Sus verdugos se postraron acusando a los jueces,

los jueces se deshicieron de sus mazos

culpando a los gobiernos 

y los gobiernos hablaron 

de plagas de carcoma y remedios venideros. 


Que todo llegaba a su fin 

—escribió un gilipollas en las redes sociales.


Se equivocó.


Ella no se conformaba con el Apocalipsis.


Que más allá de la razón existía la vida

—me susurró después del mejor polvo que he tenido.




lunes, 25 de enero de 2021

250 gramos de pan


 

«No hay bozal que resista cien latidos

ni extremaunción que redima a un niño»

Tal cual me lo dijo la panadera 

antes de incinerarse en el horno 

con su última hogaza. 


No supe qué decirle a la policía.

Que si el sistema y la presión

se me ocurrió insinuar,

pero ellos se empecinaban 

en descubrir cómo había cerrado, la mujer,

la puerta del horno desde dentro. 


Ni lo sabía ni me importaba.

Era lo que ella había decidido.

Y lo había hecho después

de dispensarme 6 barras de pan gallego.


Me gusta el pan gallego 

porque tiene buen congelar

—le explicaba al agente mientras él anotaba

en su agenda el teléfono de una clienta

que, aunque aterrada, 

rezumaba aroma a pan gallego

como para alimentar a un ejército.


La multitud se aglomeró en la puerta.

Unos pocos querían saber si quedaba alguna barra,

otros muchos si la presencia policial obedecía a alguna tragedia.

Dos o tres preferían estar allí de pie

a estar en cualquier otra parte sentados. 


Yo traté de irme.

Si el pan se enfría demasiado

ya no se congela con el mismo “sentimiento”.

«¿De qué demonios me está hablando?» 

—me increpó el agente de la ley y el orden.


Solo de trigo, levadura, agua y sal —quise responderle.


No me atreví.

Nunca me hago el gracioso con alguien que lleva un arma.


Y eso que estaba en una panadería,

el único lugar del mundo donde una pistola

son aproximadamente 250 gramos de pan.