martes, 19 de enero de 2021

El mar es la pecera




Cerraron el muelle por el temporal.

Los últimos pescadores no llegaron a tiempo.

«Lo que vive de la mar

no debe perecer en tierra»— dijo la mujer sabia.


Quedaron recién nacidos huérfanos de padre,

viudas señaladas por la caridad,

madres de hombres velludos

petrificadas en bancos de iglesias

y perros en la orilla de la playa 

esperando la próxima caricia de su amo.


Pasado lo peor, la vida se abrió paso con el hambre.

Los que habían llegado a tiempo regresaron a sus barcos.

«El mar no entierra, el mar abriga» —dijo la mujer sabia.


Fue gracias al sol que las lágrimas se secaron.


Donde hubo duelo germinó esperanza.

Donde hubo esperanza floreció vida y delirio.

Lo que brotó de la vida

perdió fruto en otros temporales.

Lo que surgió del delirio

se enamoró de las olas, la espuma y las rocas.


«El mar es la pecera, nosotros… 

solo peces empecinados en respirar fuera del agua» 

—dijo la mujer sabia.






domingo, 17 de enero de 2021

La lluvia huele cuando toca la tierra. Con los pies en el suelo se puede alcanzar el cielo. Si miras los tejados serás feliz pero corres riesgo de tropezar con un bordillo. Las nubes inspiran como el suelo alecciona. Y de todo lo importante solo aprendemos lo que nos da de comer. Aún así debemos luchar por algo. Para algo estamos aquí —dijo uno de los primeros —, para ver crecer un árbol, para esquivar una bala, para perseguir una mentira, para ser la comida de un buitre. Ella me lo dejó claro cuando la tristeza me asaltó en una de las esquinas de nuestra cama. Un “Curro Jimenez” robaba en nuestra hacienda mientras mi esposa rezaba desnuda al crucifijo que colgaba sobre el cabecero. «No le des mayor importancia —me pidió mi querida — A fin de cuentas quien reza es perdonado y a quien peca le suceden cien semanas más de pecado». Setecientos y un día después de aquello una anciana me invitó a su casa a tomar té con pastas. Todos la llamaban bruja porque reconocía el sufrimiento de los hombres y lo trataba con ungüentos que su joven hija untaba sobre nuestra piel. Mi esposa fue infeliz a partir de ese momento. Yo comenzaba mi tormento: cien semanas de pecado me aguardaban en casa de la vieja.

miércoles, 13 de enero de 2021

La tortuga que anhelaba un sofá.


 

 La tortuga se escapó del Zoo.


«No puede estar lejos» —decían los cuidadores.


«La tortuga que corre más que el viento» 

—publicaron los periodistas.


«Una tortuga se desintegra... ¿Es el fin del mundo?»

—anunció una plataforma de TV.


Confieso que estuve con ella esa noche

y que se pasó con la bebida.

Me contó que estaba cansada de su caparazón.

Yo le pregunté si no le jodía más 

estar atrapada en una jaula.

«Para nada —me contestó —,

lo que me revienta es no poder cambiar de hogar»


La invité a mi casa.

Podía dormir en el sofá —le ofrecí —

dándome cuenta pronto de mi torpeza.


«Te agradezco el detalle… pero duermo siempre aquí dentro»

—me respondió afable, con voz escarchada 

y señalándose el caparazón.


Nos tomamos una última copa 

y nos fuimos cada uno por su lado.


Ya dormido algo golpeó mi ventana.

Me asomé. La tortuga estaba abajo.

Hacía mucho frío.

Pensé que había cambiado de opinión

y que por mucho que llevara su casa a cuestas

donde hubiera un sofá cálido 

que se quitara el mundo de afuera.


«Perdona que te moleste» —se disculpó avergonzada —

¿Puedo dormir en tu casa? Es que he perdido las llaves»