domingo, 15 de septiembre de 2019

la cabeza del ángel y el polvo de aquella noche.Foto



Fotografía: Javier Casino y sus demonios.


La cabeza del ángel en la caja de Amazon 
nos dejó claro el fin de otra era.
El cartero arqueó las cejas
y subió los hombros.
Se sabía el mensajero y la suerte que corría su estirpe
cuando un destinatario no aceptaba la noticia.

El mayor de nuestros jóvenes
no dudó en darle propina.
El más joven de nuestros ancianos
reconoció la cara de su primera novia
entre los pliegues de tu blusa.

Yo ni hice ni dije nada.
En mi opinión un ángel muerto
 es lluvia sobre mojado.

Tú te acercaste para escupirme en los zapatos.
Me llamaste cobarde.
Charco de mierda 
y otras cosas que me resultaron poéticas
a pesar de tu intención de insultarme.

El joven de los ancianos se rió y aplaudió.
Por alguna razón le divertía
que yo no fuera a ocupar tu cama esa noche.
«Ni yo ni tú, gilipollas» pensé.

¿Qué se puede esperar de una raza así?
¿Cómo puede resultar una victoria
para alguien que nadie gane?

Entonces dos de los niños
se pelearon por adornar sus mesitas de noche
con la testa del ángel.
No tardaron sus madres en pelearse también.
Tú me cogiste de la mano.
«Tengo miedo de convertirme en eso»
me susurraste señalando a las hembras.

Yo ni hice ni dije nada.
En mi opinión un ángel muerto
 es lluvia sobre mojado.

Tengo muy claro de qué va todo esto.
Nadie es nadie hasta que necesita serlo
para no ser el último.
¿De qué sino se hubiera inventado el ajedrez?

Miré al viejo cabrón y te besé en la oreja.
Su calavera de cuero dejó de sonreír.
Sé de sobras que su primera novia
tuvo que estar hasta los ovarios de él. 
Reconozco a un cabrón 
aún sin tenerlo como amigo en las redes sociales.

Te cuento todo esto por lo que me has preguntado:
¿Por qué sino te podría haber gustado
tanto el polvo de aquella noche?

Yo no hice ni dije nada.
En mi opinión un ángel muerto
es lluvia sobre mojado. 











lunes, 26 de agosto de 2019

descolgué y era ella



(A Eugenio por el final. A Paloma por todo lo demás).




Cuando le preguntaba se iba.
Si me conformaba me rescataba.

A veces yo iba y entonces ella se acercaba
para después, cuando a mí me entraba el miedo,
susurrarme que nada era tan siniestro 
como yo deseaba.

Supongo que ni ella era mi recompensa
ni yo me parecía a su todo y nada más.
Quizá por eso me gustaba.
Quizá por eso seguía probando suerte conmigo.

Una vez el cartero llamó tres veces.
Teníamos el timbre averiado.
Culpa mía.
Me comprometí a arreglarlo más de cuatro.
Cuando pregunté a mi chica por el correo
me respondió que ninguna noticia llega del todo
 si el remitente no está claro.

Así se burlaba de mi.
Entre el desacato y la admiración.
Confundiendo una puerta abierta 
con la fosa común de cualquier guerra.

Descarada y tan humilde como sus ojos tierra y alga.

Provocando indefensión.
Indefendible para los idiotas.
Significando ida a su vuelta.
Sin entender la diferencia entre llegar,
no ser bien recibida,
querer y unos "Galerías Preciados"
a punto de doblar la esquina. 

Y yo allí. 
Sentado a sus pies, acariciando sus bestias indultadas.

¿Qué sentido tiene la absolución
cuando pecar no es sino la lectura 
de un mapa que conduce al precipicio?

Cuando le preguntaba se iba.
Si me conformaba me rescataba.

Imploré respuestas y sonó el teléfono.

—¿Diga?
—Soy tú.
Descolgué y era Ella. 















jueves, 22 de agosto de 2019

A todo lo que no entendía lo llamaba Selva.




A todo lo que no entendía lo llamaba Selva.
Se asustaba cuando llovía
y se desnudaba cuando cualquier bombilla
la iluminaba como lo hace el sol con todo.

«Sabe que no soy la mejor 
pero sí la más importante...
por eso me alumbra solo a mí» 
—decía.

Se llamaba como todas,
se peinaba como todas,
me quería como todas,
y si dejó la puerta abierta no fue por descuido.

Como todas sabía que un hombre sin traje
no sabe cuidar de nadie como dicta la Economía.

Como todas sabía que querer ser
no tiene nada que ver con una carretera bien alquitranada. 

Como todas sabía que de Roma llegan los caminos
y que a Roma hay que evitar ir en verano.

Una vez le pregunté por mi porvenir.
«No estaré a tu lado» 
—respondió sin dudarlo.

Ni lloré.

Ella sí.

«Nadie que pregunte por el siguiente paso
está a gusto donde está» 
—añadió.

Aún hoy, estando con ella, la echo de menos.
Desde que se fue nos ponemos crema en la playa.

Hay que evitar el cáncer de piel.
Sus manos se repiten cada vez que la vida me lastima.

Ojalá mi espalda tuviera ojos.

Ojalá ella no se apiadara de mí.

Ojalá me mirara solo una vez.