miércoles, 23 de agosto de 2017

la golondrina despistada.



Miro el reloj y una golondrina despistada
me advierte de que el otoño nunca llega puntual.

Contemplo la nieve alrededor y me dispongo a 
rectificar al marisabidillo pájaro despistado.

«Solo tú eres capaz de enredarte en discusiones
con criaturas indefensas y desorientadas»
—me increpa mi pareja.

Me pregunto entonces si hay un mensaje subliminal
en su intervención. Si ella se considera una
criatura indefensa y desorientada.

«No» me responde más conocedora de mi voz interior
que yo mismo, que cualquiera.

Solo pido a quien sea que ha creado todo esto 
que tuviera una razón mejor que la 
de sentirse poderoso. 
Y que las idas y venidas
de los que prometieron regresar
y de los que amenazaron
con alejarse para siempre,
que esas danzas,
sean solo las mentiras del infiel
que no puede dejar de amar 
a quien le da cobijo y rutina. 

Vuelvo a observar a la golondrina.

«¿Conoces el cuento El Principe y la golondrina
—le pregunto.
«Está sobrevalorado. La golondrina no se sacrifica»
—me responde altiva «si se queda con la estatua
no es por generosidad ni por lealtad.
Mi tatarabuelo la conoció... y me dijo
que si murió congelada era porque
no soportaba volar en manada». 

«Casi siempre es así, cariño...»
me susurra al oído mi esposa escondiendo su móvil
en un bolso con la cremallera rota.
«Las reglas están para seguirlas...
para seguirlas o para desobedecerlas.
Cuestionarlas es cosa de cobardes»

«Ya» le digo «¡pero es que la golondrina muere!»

«Como todos, cariño... como todos» —responden al unísono
las dos hembras.



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