miércoles, 23 de agosto de 2017

miedo a la carretera


Si hubiera podido entregarte
al chico que se enamoró por
primera vez tal vez hoy
no tendrías miedo a la carretera.

De haber sabido lo que sé
no hubiera cometido los
mismos errores... ni de lejos...
hubieran sido otros...
pero los elegiría a ojos cerrados
con tal de que hoy, tú...
no tuvieras miedo a la carretera.


La vida... ni me ha hecho sabio
ni mejor persona.
La vida solo ha ido acumulando
cosas en las que pensar.
Ni siquiera las que ya no están
alivian el equipaje.
La vida pesa, tesoro...
Explícame sino ¿por qué tú
tienes miedo a la carretera?

El otro día di una limosna
a un rico que estaba tomando
una copa en el puerto marítimo.
Se encabronó.
Me llamó gilipollas...
Y yo pensé... si claro...
que un gilipollas te iba a dar limosna.

No lo sé cariño...
ni yo puedo rescatarte
ni tú deberías haberme tendido la mano.
Total...
Tú sigues sin entender
qué es lo que no me deja dormir
y yo
qué es lo que te hace tener miedo a la carretera.






por no atreverme...




Acércate, pareces decirme desde la barra.
Antes que tú he conocido a otros,
pero se vaciaron por mi boca 
lo mismo que esta copa. 
¿Quieres ser tú mi siguiente Martini?

Nena, yo sería vodka —te contestaría.
A mí no me podrías beber a palo seco,
te abrasaría la garganta y toserías...
eso sí... te haría sentir embriagada en muy poco tiempo.
Y seguramente repetirías trago
porque aún jodiéndote dejaría buen gusto 
en algún lugar de tu amarga existencia.

Claro que tú sabrías estar a la altura y me replicarías
(no sin antes haber vuelto a dar otro sorbo al Martini)
con desdén. 
Dándotelas de que te veías venir mi respuesta
desde que me has visto aquí sentado.

Porque lo has hecho. Llevas fijándote en mí 
mucho rato. No sé a donde habrá ido el tipo ese que te 
acompañaba cuando entraste. 
Bueno... tal vez si lo sé... seguro que le has pedido 
que se fuera a casa... ese no pasaba de ser una 
cerveza de marca blanca... ¿Me equivoco? 

¡Ah! Ahora finges que no te importo
y te marchas... sí... no mires... No me dediques la mirada
que estás deseando dedicarme cuando pases a mi lado.
No lo hagas... no vayas a derrumbarte. 
No vayas a tener que admitir 
que de todos los tipos con los que has estado...
¡de todos!...

...ninguno estaba tan solo como yo.

Tan solo y jodido como yo...

Supongo que es el precio que debo pagar
por preferir el vodka a todo lo demás.




la golondrina despistada.



Miro el reloj y una golondrina despistada
me advierte de que el otoño nunca llega puntual.

Contemplo la nieve alrededor y me dispongo a 
rectificar al marisabidillo pájaro despistado.

«Solo tú eres capaz de enredarte en discusiones
con criaturas indefensas y desorientadas»
—me increpa mi pareja.

Me pregunto entonces si hay un mensaje subliminal
en su intervención. Si ella se considera una
criatura indefensa y desorientada.

«No» me responde más conocedora de mi voz interior
que yo mismo, que cualquiera.

Solo pido a quien sea que ha creado todo esto 
que tuviera una razón mejor que la 
de sentirse poderoso. 
Y que las idas y venidas
de los que prometieron regresar
y de los que amenazaron
con alejarse para siempre,
que esas danzas,
sean solo las mentiras del infiel
que no puede dejar de amar 
a quien le da cobijo y rutina. 

Vuelvo a observar a la golondrina.

«¿Conoces el cuento El Principe y la golondrina
—le pregunto.
«Está sobrevalorado. La golondrina no se sacrifica»
—me responde altiva «si se queda con la estatua
no es por generosidad ni por lealtad.
Mi tatarabuelo la conoció... y me dijo
que si murió congelada era porque
no soportaba volar en manada». 

«Casi siempre es así, cariño...»
me susurra al oído mi esposa escondiendo su móvil
en un bolso con la cremallera rota.
«Las reglas están para seguirlas...
para seguirlas o para desobedecerlas.
Cuestionarlas es cosa de cobardes»

«Ya» le digo «¡pero es que la golondrina muere!»

«Como todos, cariño... como todos» —responden al unísono
las dos hembras.