martes, 9 de febrero de 2021

la sirena Casandra

 






Dejó de contemplar el mar.


Una sirena le invitó a su cueva

y cuando tuvo que ir al baño a lavarse los dientes

descubrió moho por todas partes.


«Nosotras lo llamamos coral» —se disculpó ella

a fin de retenerlo.


Coral, moho, óxido, hierbajos…

daba igual como lo llamaran,

la verdadera razón para irse era la humedad.


«Es terrible para los huesos» —se quejó el tipo —,

—«provoca reúma».


La sirena le suplicó que se quedara.

La necesitaba como ella a él.

Eran tal para cual. 

No sirvió de nada. 

Ante el rechazo de su amante a los argumentos

 la sirena recurrió a su canto pero era tarde.


Él se había puesto auriculares de marca

y escuchaba al mejor grupo

hecho de arena cálida y pasos firmes.

Uno de esos que salían de las impresoras

y se vendían a los cerebros tiernos

a punta de padres ocupados y buena tecnología.


Pasados más de cien años él seguía vivo,

la sirena adornaba un acuario de un club de moda

y los océanos se resumían a tos y migrañas. 


¡Y mira que le advirtieron que de usar auriculares

se quedaría sordo!


domingo, 7 de febrero de 2021

mi viaje en el autobús







Graznaba. 

Otros decían que cantaba.

La cosa era que estaba buena

y la mayoría de los hombres

que la escuchaban lo hacían en el baño.


Pasó al revés. 


Él rebuznaba

y algunas decían que no había mejor voz.

Era feo pero miraba a los ojos.

Las mujeres llamaban a la radio

y la publicidad las complacía.


«¿Cómo?» —me indigné. 


Fui a mi psicólogo y le pregunté sobro todo.


«No es cuestión de géneros» —me aclaró —

«Se trata de oídos y sensibilidades»


«¿Es que las orejas no escuchan al corazón?»


«Solo si tu corazón está donde tiene que estar» —me respondió.


«¿Y donde está el mío?» —le pregunté.


«Entre tu demencia y lo que consideras cuerdo»

—me dibujó en una pizarra, sin hablar, y tras coger mi dinero.


Desde ese día la música me sonó a colesterol

y aderecé mis ensaladas con Heavy Metal.


Unos meses más tarde hice cola para subir a un autobús.

El revisor me advirtió de que el viaje era duro.


«¿Por el clima? ¿Por los baches? ¿Demasiadas curvas?»

 —me interesé.


«Nada de eso. Los viajes son duros porque te llevan

 de lo que conocías a otra parte» —contestó petulante.


«Entonces es duro el destino, no el viaje» —maticé más petulante que él.


«Hijo, presta atención al hilo musical cuando se cierren las puertas»

—me espetó riéndose mientras se quitaba el sonotone.







jueves, 4 de febrero de 2021

Gabriel y su dolor


La vida duele según las palabras 
que se escojan para escucharla.
 Así se lo contaron a Gabriel,
 el ciego que aprendió a comulgar
 formando la fila.

 Vendía rosas junto a la puerta de un banco
 porque defendía que el dinero
 y el buen perfume deben cruzarse 
en algún lugar de sus caminos.
 «Era la única forma de que la gente se cubriera
 de mierda sin sentirse mal —defendía». 

 Gabriel respiraba humo
 para sanear su espíritu
 y comía de todo convencido de que algo
 lo acabaría matando antes de tiempo.

 Tuvo varias novias y las traicionó a todas
 mientras merendaba viendo la televisión.
 Ninguna le reprochó nada
 excepto la última. 

 —«Gabriel —le dijo ella — no es justo
 que teniendo el “rabo” que tienes
 te distraigas con algo que no puedes ver».

 Desde ese día se quedó sordo, mudo
 y se tumbó en el sofá con la tele apagada.
 Su perro avisó al 112.
 Encontraron a Gabriel tatuado de llagas
 y sepultado bajo sus creencias. 
El forense adujo su muerte a unas gafas en el estómago. 

 Por lo visto no era ciego sino miope. 


«Ojalá hubiera podido ver de lejos —deseó el cura en su funeral—, 
le aguardaba una televisión de la hostia gracias a internet».