lunes, 4 de diciembre de 2017

el gusano y la puta cara






Ni su padre le pegaba cuando era niña
ni yo había escondido ningún tesoro
más arriba de donde la montaña
dejaba de vestir pinos.

Aún con todo eso en contra
nos reconocimos como seres
incomprendidos.

A ella le divertía llamarme gusano
y a mí a ella "puta cara".

Llegó un día en el que nuestras familias
nos escucharon divertirnos
al otro lado de la puerta.
La separaron de mí bruscamente.
Hasta le golpearon la palma de la mano
cuando hizo el gesto de lanzarme 
un beso volador. 

Cuarenta años después nos tropezamos 
en uno de los pasillos de un hospital.
Ella vestía de puta cara
y yo me arrastraba por las baldosas 
como un gusano.

Su padre y mi madre estaban ingresados.
Malos augurios.
Si afinabas el olfato los dos olían a muerte.

«¿Te acuerdas de lo que nos hicieron?» me preguntó
empezando a sollozar.
«No... no lo recuerdo... espero que tu padre se mejore»
contesté.

Y acto seguido tiré a escondidas de la mano de mi esposa en dirección
a la habitación de mi madre para no dilatar más tan incómoda situación.


sábado, 2 de diciembre de 2017

el espantapájaros que insultó a los niños



Le llamaban cabeza de paja.
No paraban de reírse de él.

Un día al salir del colegio acudió a su madre
 y le preguntó qué podía hacer.

«Eres un espantapájaros... 
no es ningún insulto lo que te gritan
los chicos del pueblo.
Tu cabeza es de paja... como la mía
y la de tu padre»

Al día siguiente. En el recreo
cuando los chicos se acercaron
para empezar a meterse con él
se armó de valor y les gritó:

«¡Cabezas de hueso!»

Y todos fueron corriendo a quejarse
al director del centro de que 
un espantapájaros les había insultado.

reducido hasta la niñez




«Nuestro amor es de segunda»
me dijiste resignada al regresar
del viaje a Paris.

Por lo visto no habías fabricado
los recuerdos que necesitabas
para presumir en tus reuniones 
dominicales. 
Las del vermut.

A mí sin embargo me resultó
excitante correr detrás de ti
cuando enfadada paraste aquel
taxi y me amenazaste con 
regresar a Madrid sin mí
pero con mi billete de avión.

Te reconozco que eso te lo valoro mucho.
Tu capacidad para transformar
cualquier situación anodina
en la más extrema. 

¿Te imaginas que hubiera hecho 
de haberte ido de verdad?

Tú llevabas el dinero. 
Tú tenías los pasaportes.
Tú sabías hablar francés.

Me habrías reducido hasta 
convertirme de nuevo en niño.

¿No es para adorarte?