jueves, 10 de agosto de 2017

voces, acantilados y el hada del mar rocoso.

Foto: Natalio Casino


Decía que le gustaba acercarse a los acantilados
que daban al mar rocoso y silbar contra el viento.

Que lo aprendió de una novia que tuvo
que lo dejó con la excusa de que 
el amor no puede durar si quieres 
que sea para siempre.

Aquel día la echaba de menos.

Llevaba años echándola de menos
pero a todo el mundo decía lo contrario
porque así le explicó ella que era mejor hacerlo.

«No digas que echas de menos a alguien,
los demás usarán eso para hacerte sentir desgraciado.
Y los que pretendan animarte 
solo estarán reafirmando que echar de menos 
a alguien no es bueno».

Ahora nadie le daba consejos de esos
ni lo empujaba a convertir en absurda la vida.
Ahora el viento era solo viento.
El acantilado un sitio peligroso si resbalabas
y la nostalgia algo que te mordía el corazón por dentro.

Así que gritó su nombre tal y como hubiera hecho ella
de estar allí.
Y el viento usó su voz para responderle.
Porque él la escuchó desde donde fuera que estuviese. 
Estaba seguro de que era ella. Era su voz.

«Mala cosa escuchar voces» —dijo al forense su mejor amigo,
el mismo que le advirtió que se alejara del abismo.

«Mala cosa si delante de ti hay ciento treinta metros de caída libre» —matizó
el médico.

Ella mientras tanto también caía.
Pero en una cama. Con otro hombre...
«¿Por qué no vamos a silbar contra el viento?» —le preguntó.

Él la miró divertido. 

¡Qué excéntrica era esa chica!

Su estómago se revolvió aunque no entendió por qué. 
No había comido nada raro. Era un hombre sano y 
con una clara visión de lo que debe ser la vida.
Obviando los retorcijones y su código personal,
si aquella chica lo invitaba a hacer cosas raras...
¿Por qué no probarlo? ¿Que podía pasarle?

Y el hada del mar rocoso que todo lo ve y que todo lo sabe
lo bendijo con su varita mágica:

«Serás el siguiente candidato a echarla de menos».





miércoles, 9 de agosto de 2017

mi particular holocausto


Tumbado boca arriba en una cama desecha
me pregunto cuando fue la última vez
que te ruborizaste al acostarte con un hombre.

En realidad debería ser yo ese hombre, me digo.

Y el ventilador barato que compramos
para superar los días de agosto
se queda atascado en una posición
que me niega cualquier viento a favor.

No extraigo ninguna moraleja de la avería. 
Sería jugar al dolor por el mero hecho
de arrancarme unos versos fáciles.
Y la poesía que busco está más allá
del sufrimiento que permite escribirse.

Que por qué no escribía de cosas bonitas
me preguntó mi madre siendo adolescente.
Ni siquiera hoy tengo claro el porqué.

¿Porque lo bonito se disfruta?
¿Porque cuando se disfruta de algo 
no vale la pena interrumpirlo para 
escribir sobre él?
¿Porque narrar la felicidad de uno es ser un capullo?

Si estás feliz sonríe y punto.
No vas a contagiar buen rollo 
proclamando al resto tu buena suerte.

Si quieres difundir la belleza de la vida
limítate a sonreír.
Esa es la única herramienta para conseguirlo.

Sino...
¿cómo lo hubieras hecho tú en un campo de concentración?
¿Contando que de todos los nazis, el más guapo y ario,
era el que te había golpeado con la culata de su fusil
para esclavizarte ese día? 

Mira tú por donde el ventilador vuelve a girar.
Quizá haya un Dios que se ha asustado
al darse cuenta de hacia dónde desfilaba mi pensamiento.

Quizá ese Dios esté obsesionado con que te quiera.
Y se esmera,
se esmera para conseguir que no analice cada uno de tus movimientos.
Para que simplemente seas una de esas "cosas bonitas"
sobre las que no hay que escribir...

y disfrutar... 
...disfrutarte.

Hay gente que llamaría a esto "oración". 
No me importa.
De sobras sé que eres la respuesta a cualquier plegaria.

Aquella camisa a cuadros que no era tuya...
Aquel momento fortuito que no era nuestro...
y tu sonrisa... la sonrisa que me salvó de mi particular holocausto...

No... no pueden ser obra del ser humano. 













martes, 8 de agosto de 2017

la caldera del amor y la conserva

Ella dice que está conmigo.
Que lo que sea que nos unió
sigue ardiendo en la caldera
de las entrañas del amor. 

Por alguna razón al escuchar
"caldera" me viene a la cabeza
Freddy Krueger.

«Tal vez sea un error asociar
el amor a una llama» —le digo.
«El fuego lo consume todo. 
Quizá deberíamos decir 
que lo que nos unió está en conserva
o congelado».

«Entonces estaría a punto para usar
pero no usándose» —me contesta
como una funcionaria aburrida.

«¿Quieres decir que el amor 
se va gastando con el uso?»

Y su mirada se pierde más allá
de la televisión. 
Quien sabe si embelesada
en el recuerdo de algún amante pasado.
Quien sabe si fantaseando con 
cortarme la lengua mientras duermo...

Pero que sus ojos están observando
algo que los míos no son capaces de advertir...
de eso, de eso no me queda ninguna duda.

«Tal vez deberíamos echar un polvo y olvidarnos
de tanta reflexión barata... ¿no te parece?»—cuestiono.

Y ella se pone a llorar. 
Y yo no entiendo nada. Aún así... aún así no pregunto.

Nunca una pregunta me ha llevado a una respuesta útil.
Al menos no cuando pregunto sobre mí o sobre mi pareja. 

La psicóloga que me trata me ha dicho 
que pensar esto último es un gran paso.

«¿Para qué?» —me he interesado.

«Para qué crees tú» —me ha contestado.

¡Joder! ¿para esto pago?  —he pensado...