domingo, 22 de enero de 2023
domingo, 20 de noviembre de 2022
alianzas y cadáveres
Estábamos en guerra.
Arranqué la alianza de un cadáver
y me até a la vida por el rito civil.
Mi esposa me presentó a
su prometido prometiéndome
no quedar con él salvo
si mi aliento sabía a turrón
a la hora de echar un polvo en la playa.
No dije nada,
de todo lo que pensaba
el mejor resumen era largarme de allí.
Llamé a la puerta de al lado.
Me abrió una hermosa mujer
que no vestía más que una sonrisa.
Miró desconfiada mi alianza
y le expliqué que se trataba
del regalo de un compañero de guerra.
Que se parecía a la de su marido —me dijo
— aunque él tenía los dedos más gordos.
Para mí todas las alianzas eran iguales…
tarde o temprano o cambiaban de dedo
o terminaban en el Monte de Piedad.
Me invitó a pasar y me ofreció
una copa de besos con hielo.
Que había dejado el hielo
—le comenté.
«Entonces ¿a qué has venido?»
—me preguntó desnudándose de su sonrisa.
No supe qué responder.
Mirara donde miraba solo veía puertas
y cadáveres.
Su refugio
Me hablaba desde su refugio.
A mí no me gustaba explorar.
De pequeño me perdí en una cueva
y hasta que no me rescataron
no logré sacarme las hormigas del calcetín.
De vez en cuando me hacía un guiño:
que la lluvia salpicaba como los besos primerizos
—me explicaba.
Y cuando agostado buscaba sus labios
pisaba un charco con sus sandalias
y me ensuciaba mis pantalones.
«Así tu madre y tú
tendréis algo de lo que hablar»
—se burlaba de mí echando de menos todo.
Nunca dijo una mentira.
Jamás acertó con una de mis verdades.
Se escondía igual que la humildad
y brillaba como la soberbia adolescente.
La quise tanto como se dejó.
De vez en cuando me escribe.
Me considero un hombre afortunado.
Sus palabras son como los telegramas.
Cada uno de sus mensajes tiene un precio
y a mí no me importa el dinero.