miércoles, 27 de marzo de 2019

el buen hombre.





Ella me dijo: 
«Eres un buen hombre».

Después acunó a su cría
y recitó varios versos de poetas borrachos
mientras adoraba a una vela apagada.

La tierra tembló debajo del mar
y mis pies comenzaron a dolerme
de la misma manera que de niño me dolían las muelas.

Aún así no me caí.

Una voz me advertía entre los árboles del bosque
que mi padre había pasado por lo mismo
y sin embargo supo ocuparse bien
de que su reloj estuviera en hora.

Nadie es persona hasta que no cuida de otro.
Cualquier otra cosa
es el verano que escuchó hablar del invierno.
Un otoño enamorado de la primavera.
La promesa que nos hicieron
de que existir tenía recompensa.

Nada de nada o algo parecido.

Yo no supe qué contestar.
Me educaron para dar las gracias
solo previamente humillado.

Ella me trataba como a un igual.
Valoraba mi piel como la suya
y tejió una manta para cubrir
una cama en la que cupiéramos los dos.

¿Qué hacer? ¿Qué decir sin parecer carnívoro?

Los "síes" de mis maestros
volaron a lomos de las almas que admiré.
Los "noes" de los hijos que no tuve
se arrastraron para aparearse con lombrices.

Nadie debería cubrirse con ropa si no cuida de otro.
Cualquier otra cosa es la palabra que engaña.
La picadura de la ortiga que te tomas 
en la infusión recomendada por tu dominical preferido.
Tan nada como el todo del muerto.
Tan todo como la manada que nos precedió
 en Madrid, Valencia o la rotonda más cercana 
a la vuelta de tu fiesta borracho.

Ella me lo dijo:
«Eres un buen hombre»

Yo no me lo creí.

Aún así la ruina de este país
me resultó algo más liviana. 












sábado, 16 de marzo de 2019

coral... el color.




Las uñas rojas trajeron la lluvia.

Por alguna razón
el diablo se apiadó de una madre
y Dios miró para otro lado.
Quedaron indultados los tres:
el hereje, la enfermera
y el padre que no supo hacerlo bien.

En otra parte,
lejos de un latido irregular,
un niño se abstenía de dar su opinión.
Demasiados miedos —aclaró la psicóloga.
Falta de carácter —añadió el párroco.
No tiene importancia 
—corearon al unísono los abuelos.

¡Tantas señales en la autopista!

Nada confunde tanto como 
lo que te limita apelando a tu salud.
Ni vivir es durar
ni existir se parece a ningún viaje.
Crees entender lo que te explican
y dudas de lo que ya sabías
antes de que tu primera masturbación
 se acordara de ti.

Quizá por eso se repetían las uñas rojas.
Quizá el universo no sabía hacerlo de otra manera.
Diez dedos en las manos y otros diez en los pies.
20 uñas rojas en total señalándome.
20 años de gratitud para cada una de ellas.
20 minutos de espera para el próximo metro.

La vida es subterránea.
Las caricias de una mujer
saben a túnel de lombriz desorientada.
Quieren llegar a alguna parte, sí...
pero solo te llevarán allá donde
la tierra te sepulte. 

¿Por qué sino iban a elegir un color coral
para pintarse las uñas de sus dedos
con el rojo de toda la vida?













lunes, 11 de marzo de 2019

curaba al niño la herida.



Dibujo: Paloma Sorribes.


Curaba al niño la herida.
Y mientras lo hacía
al chico se le abría una brecha
entre su amor
y el dolor de sus cuidados.

El niño era bueno.
Su animal preferido era el zorro.
Por astuto decía.
Y yo contaba, viéndolo llorar,
 cuantos zorros muertos adornaban
los cuellos de cuantas madres.

Traté de aliviar su dolor.
He leído que los abrazos
son mejores que el paracetamol.
Pero algo le dolía al chiquillo más 
que la química a la voluntad.

«¿Por qué lloras niño?»

«Mi mamá me quiere vivo 
por encima de mi peor segundo
de existencia»

Encargué entonces un requiem
por aquellas lágrimas sinceras.
30 monedas de plata
y la promesa de no arrepentirme
fue todo lo que me pidió
el maestro Sepeliens.

No hubo funeral.
Al menos no por el niño.

A la madre la enterraron bajo el barro.
Tierra blanda para su alma osada.

Estiércol en suelo fértil
para la próxima generación de soldados.