martes, 30 de julio de 2013

las sopas de ajo.






Fotografía: Sonia Hidalgo



Me llamó por la noche
a esas horas en las que según tus padres
no estaba bien llamar a nadie por teléfono.

Estaba enferma, la fiebre y su frío. La soledad y su vacío.

Habíamos discutido hacía unos días
y nos habíamos jurado
no volver a vernos en varias reencarnaciones.
Pero la fiebre la debilitaba, y a mí (bueno, la fiebre y su cuerpo)

Le garanticé prepararle unas sopas de ajo
tal y como me enseñó mi madre a prepararlas.
Pan, un poquito de sal, un poquito de aceite, ajo y agua
hirviendo.
Un manjar si la garganta no te deja
tragar como otras veces.

Llegué a su casa. Vivía en un pueblo sin mar y
atravesado por un montón de raíles y andenes.
La abracé y le prometí la mejor sopa de su vida.
Pero en vez de eso…

nos dedicamos a follar durante toda la noche.


lunes, 3 de junio de 2013

ella es así...



Ella es así. Tú no sabes quién eres.
Ella salta de una sonrisa al llanto
y tú te bebes todo lo que sepa a vino. 
Pasan las horas y las canciones de amor siguen sonando,
pero sus besos dicen no entender las palabras bonitas.
Apuestas por otra oportunidad y la descubres mirando al chico de al lado.
Psssst. Le susurras... no te distraigas... Es fácil perder segundos en la salida
si no estás atenta al disparo.

Y aunque te sonríe... sabes que por dentro
continúa medrando la humedad esa que pudre todo,
esa que nadie quiere, ni siquiera ella, pero que es inevitable en sus pasos
 porque tiene un manantial de vida que lucha por salir a la superficie.
Por ser fuente.

No te queda más remedio.
Agachas la cabeza y sigues el rastro de su aroma,

escondiéndote en portales cuando se vuelve,
para asegurarse de que nadie le acompaña.

Bueno... tal vez si te quede otro camino
morirte de aburrimiento en las camas de otras mujeres.


lunes, 22 de abril de 2013

caridad






No sé si alguna puta atenderá a la caridad.
Si hará un buen trabajo a cambio 
de proporcionarle solo un orgasmo.
El otro día escuché a una niña de nueve años
en una serie de televisión
decir que el amor da risa.

Y me reí, pero no del amor, sino de mí.
He leído el libro "El Secreto" más de dos veces.
Y he deseado con todas mis fuerzas vivir en un
perpetuo estado de embriaguez
sin tener que pagar por un vaso de vino.

Pero no llega, algo no hago bien.

Demasiadas cosas pasan por mi cabeza
para el poco tiempo que dedico a pensar.


Ahora ella se ha ido con sus delirios a buscar
lo que le proporcione más daño.
Yo me volví un tipo blando, un hombre de bien.
Y el buen trato no sirvió para retenerla y
hacerla una mujer de esas que aparentan
no dar problemas en la vida.

Quizá sea que busco conflictos disfrazando mis actos
de obras benéficas.
O tal vez sea hora de volver al
redil que tanto aburrimiento me causó.
Aceptar que si las cosas son como son…

No hay gato que tenga tres pies.


Qui