jueves, 21 de octubre de 2021

Tachuelas y el perro de mi pareja.





El perro de mi pareja me echó el aliento.





Yo comía, él no. 

Me resultó nauseabundo.

Así que pensé en los robots.

Robots de verdad,

no los aspiradores redondos 

que nos roban las tareas “Mindfulness” del hogar.

(Es cierto que no me gusta barrer

pero tampoco me mola lo del “Mindfulness”).


Retomo el asunto del perro de mi pareja.


Siempre le tuve compasión.

¿Cómo no tenérsela si nunca le vi coger un libro?

Su mayor entusiasmo pasaba

por cuando yo abría la nevera. 

Entonces sus catorce años revertían 

a la infancia y su diagnosticada ceguera

descubría la misma luz que Lázaro

al salir de su tumba. 

«Serás carne de carnet de paro si no lees» —le decía yo

mostrándole la colección de Barco de Vapor.


Vuelvo a la cosa de los robots.


Comprendí que el perro sufría

y que mi pareja también al verlo rejuvenecer.

No estamos preparados para ir hacia atrás.

La vejez forma parte de lo que esperamos

y cualquier otra cosa acojona.


Por eso inventé a “Tachuelas”.

El robot que daba sin requerir mantenimiento. 


Al principio me tacharon de inhumano.

Luego se burlaron de la música que escuchaba

y al final escogieron de mi estantería

los libros con los que cocinar su caldo.


A mí no me tocaron.

Acerté con la sal a la hora de rociar mis libros.

Alguien ganó.

Yo no, desde luego.

Mi pareja tampoco… 

“el-fin-()-(al)” del perro (por lo visto) era que se moría.


“Tachuelas” triunfó en ventas.


Cinco estrellas…

…“A todos satisface. Es el mejor amigo del hombre”

 —escribían en los comentarios online.


¿Cómo no iba a hacerlo si solo daba?

—me quejé desde una cabina telefónica del siglo XX.


«Haber dejado la nevera abierta»

 —me contestó una voz desde 1990.  





lunes, 27 de septiembre de 2021

no me lucí como amante

Dibujo: Paloma Sorribes.

Comía ratas en los mejores restaurantes.

Los tíos se morían por una cena con ella.

Esa noche me tocaba a mí.

Yo preferí una ensalada.

«Es por la digestión…» —me justifiqué —

“…la basura me repite».


A ella no pareció importarle 

y yo me quedé con hambre.

Todo por echar un polvo con la madre de las madres.

Con la hija de las hijas.

Con lo que sea que Dios quiso explicar

cuando la escogió para nacer.


Aunque yo prefería mi cama 

ella eligió los asientos de mi volkswagen

para tomarse su postre.

«No me siento seguro aquí…» —le confesé —

«…podrían vernos»

«¿Es que no lo vas a contar luego?» —me preguntó desnuda —

«La mejor publicidad está en la televisión» —añadió.


No me lucí como amante.

Ella puntuaba 10.

Yo me limitaba a un 6.

Al menos así lo valoró el tío que nos miraba

dando golpecitos en la ventanilla con su nariz.


Más tarde en mi casa lo comprendí todo.


Mi madre tenía pánico a las ratas

y yo todavía no la había perdonado por no ser eterna. 


 

viernes, 24 de septiembre de 2021

No hay más vida que la infancia.


 


Hice la guerra desde el sofá.

Gracias a Dios que mi televisor no era 4K.

Hubiera tenido que pedir al vecino

su Dyson para aspirar las ruinas.


Mis padres me construyeron el mundo

para tener luz, agua, gas y casa

y yo honré su memoria

poniendo el culo para que me follaran

a cambio de subirme los precios.


No es que esté resentido.

Ni gano ni pierdo. 

Solo se me olvidó participar.

Es comprensible. 

Creí que “Mazinger Z” tenía que ganar

 solo por el hecho de que deseaba que lo hiciera.


Nadie me explicó que detrás de los dibujos

había dibujantes, directores y productores.


¡Ojo! Agradezco haber crecido ingenuo.

No hay más vida que la infancia.

El resto es solo resistencia.


Quizá esa sea la razón de mi guerra contra el mundo.

A lo mejor no tenía que haber obedecido

cuando me dijeron que no me sentara en el suelo.