domingo, 19 de julio de 2015

aburrimiento

Imagen extraída de www.elandroidelibre.com


A veces vale la pena irse.
Cuando las bocas bostezan.
Cuando escuchas frases que ni siquiera
 arañan tu corteza cerebral.
Es mejor no esperar a que suceda algo.

Eso se sabe desde el principio.
Pero el miedo a estar solo
 juega contigo a perder el tiempo.

Un libro, una película, una buena botella
cualquier cosa antes que seguir soportando
la garúa de palabras anodinas. 
Cambiar de lugar sin tener
que dar explicaciones
a la chica o al tipo de al lado.

Que pesada se hace la humanidad
cuando practica la compañía de plástico.
Cuando el ángelus de sus vidas ordinarias
ocupa las primeras páginas de sus peroratas.
Cuando su imaginación se recuesta
en un colchón de paja a esperar 
que la inteligencia y el entusiasmo vengan
a rescatarla.

Nunca pensé que escribiría esto.
Que la sola presencia de gente como yo
pudiera estrujarme el alma
hasta hacerme preocupar por mi salud mental.

La corriente de aire marino
que va a acariciar mi cama en cuanto acabe este sermón
de domingo de resaca
va a resultar ser más útil a mi felicidad
que cualquier abrazo o charla
buscados por necesidad.

Se acabó esperar…
se acabaron las decepciones.
Es hora de valorar el silencio
que se empeña en vivir a mi lado.




martes, 19 de mayo de 2015

algo debía saber de mujeres...

Fotografía: Sonia Hidalgo

Eres mujer.
Tal y como, lo que sea que gobierna el universo,
quiere que seas.

Yo soy disparate.
Huí de lo que las entrañas de mi madre
 establecieron que debía ser.

Dejé de seguir el camino de la masculinidad
el día que di mi primer beso 
y quise, ingenuo de mí, mantener para siempre
aquellos labios al lado de mi cama.

Y no sirvió.

El Dios que dicen
me creó a su imagen y semejanza,
–lejos del amor que se le presupone–
volvió a arrojarme al pozo de la testosterona
y la falta de empatía.
A cerrar mis ojos ante lo que 
mi cabeza considera indigno de ser tenido en cuenta 
y que para ellas era razón de padecimiento.
A ser rival.

Pese a todo, tú, sigues aquí.
Todos mis fracasos
han recompensado mi tenacidad con tu  
compañía y tu ánimo caprichoso
pero leal.

Es hora de volver a intentarlo –me digo.
De ser el hombre que te entienda.
El macho sensible que sepa acabar las frases
de tu diario antes siquiera de que cojas la pluma.

Pinto las uñas de mis manos
y maquillo mi rostro con colores pastel.
Utilizo pinceles delicados y
perfumes que emulan olores de jardines industriales.
Y lo hago para ponerme en tu piel.
Para conocer el algoritmo de tus lágrimas.
Para sentir los escalofríos que perturban tu calma. 
Para viajar hasta el abandono al que 
te sometes sin razón alguna de vez en cuando.

Durante unos segundos creo conseguirlo.
Sé que dudas si abrirme las puertas
del lugar ese que te hace tan invisible a todos
o golpearme con tu silencio
 al advertir mi maniobra ensayada
y construida para llegar a ti.

Durante unos segundos puedo oler
la túnica rancia que vistes
cuando visitas esa ruina de paraíso perdido
que tú llamas "tu momento".
la habitación oscura que utilizas para 
creerte todo lo malo que has decidido que hay en ti.

Y entonces, me acobardo y reculo. 
Reculo con la virulencia de un niño
que ha entrado por error en la caverna
de la hechicera que hierve los huesos tiernos
de los chavales.
 De los pipiolos que creyeron que toda bruja
esconde un hada atormentada.
Que todo sapo esconde una princesa encantada.
Que toda incógnita puede despejarse
si atendiste en la clase de matemáticas.

Y me limpio la cara y me arranco las uñas,
desesperado por alejarme de tu refugio insano cuanto antes
deshaciendo mi disfraz y mi farsa.

A fin de cuentas…
Si Dios creo todo esto tan perfecto…



Algo debía saber de mujeres…

lunes, 27 de abril de 2015

ordenando...





Fotografía: Natalio Casino


Arrastraba un caos de vidas pasadas.
Yo quise ordenarlo con mi compás y mis reglas.
Y por eso me dediqué a dibujar
la cuadrícula sobre la que debería dar sus pasos.

Tras ordenarla.
Sus ojos pasaron a ser la mirada del desierto.
Su boca la clausura de cien monjas.
Su cuerpo el plástico de un maniquí.

Y yo…
un perfecto imbécil.