miércoles, 4 de diciembre de 2019

Se tarda en aprender





Se tarda en aprender.

Ninguna mujer podrá darte
lo que no sepas necesitar. 
Por eso las madres son madres
y nadie quiere spoilers.

Es cuestión de satisfacción.

A diferencia de la felicidad
la satisfacción es inmediata.
Supone el chute exacto de consumo para
lo que sea que nos maneja;
y para que continúe.

No siempre se encuentra,
 Nunca se olvida. 
A menudo se pierde.

Ahora me arropa.

Por eso no se debe desesperar 
—le dijo la tortuga al suicida.
Por eso nada vale sino se puede perder
—le susurró el banquero al recién casado.
Por eso Dios le dijo a Caín 
que lo elegía entre todos los hombres
aún sin ser virgen.

Porque nadie va al cine si en la película
no hay un villano.

Se tarda en aprender sí...

Pero cuando juegas por primera vez a una consola
y ganas en el FIFA 2020...

Entonces... solo entonces...

...sabes que todo lo demás es superfluo.




sábado, 23 de noviembre de 2019

Era tan sabio como capullo.


Encendió una hoguera 
y sonaron las voces de las mujeres
que habían dicho quererle.
Nada ardía mejor que la madera
consumida entre reproche y beso
o el diesel del volkswagen
que robó en el supermercado del amor.

Él lo tenía claro.
De todo lo que debió aprender 
le sobraban unos céntimos de cordura.
Por eso lo eligieron para el Partido.
Su oratoria no debía desperdiciarse
jugando a ser otro creyente.

No tardaron en ondear banderas.
Del color de su basura
y en blanco y negro como los sueños
que no recordaba.
Algún que otro gato le ofrendaba el culo.
Él prefería la razón de los porqués
y la entrepierna de cualquier pollo de corral.

Un día una virgen vestida de negro
le prometió una resurrección, anonimato
y polvos de talco en su piel irritada.
No le preguntó por quien guardaba el luto.
Se sabía tan irrelevante como oportuno.

Nunca lo hicieron jefe de nada.
Su currículum solo interesaba a los ácaros.
Por eso se enredó entre sábanas.
Dicen que decía:
«Más allá de ellas solo hay despertares,
y los pianos suenan desafinados».

Era tan sabio como capullo.
Su padre se lo advirtió antes de conocerlo:

«Pufff ¡anda que...»









domingo, 6 de octubre de 2019

Adán







Se le escapó una sonrisa 
y lo lamentó durante cien tristezas.
Dios no debería creer en nosotros 
—dicen que dijo 
mientras el párroco se ahorcaba 
solo en el campanario.

Su suerte iba.

Como el mundo,
cada paso que daba,
era de un solo uso.

Las mujeres que más lo querían
comentaban en el mercado
que su resfriado ya duraba demasiado.
Todas murieron de hambre
cien días antes de la vendimia.

Él no pudo ir a sus entierros.
Tenía que atender a cada una de sus miserias.
Exigentes.
Importantes.
Suyas.

De noche encendía las luces.
De día cerraba los ojos.
Ni invierno ni verano
se entendían dentro de las paredes de su casa.

Los que hablaban de colores decían que era gris.
Los ciegos que era mudo.
A los sordos no les importaba mientras no dijera algo
y, de entre las mejores reses,
ningún carnicero con ambición lo habría llevado al matadero.

Se llamaba Adán.
Como el hijo del otro.
Como tú. Como yo.
Como nadie con sentido común.

Trajo la desgracia al mundo
 y se sienta a tu lado en la oficina.

Ojalá te absuelva.